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Jose Luis Bustamante y Rivero

“Mi línea está trazada en público documento -el Memorándum de 13 de marzo- que el consentimiento de mis electores me ha hecho el honor de refrendar. Allí está mi programa. El próximo período se caracteriza claramente como una etapa de transición, que servirá de ensambladura a dos momentos antagónicos. Uno, el de ayer, influido por inquietudes políticas y plausibles afanes de organización. Otro, el de mañana, en que cabe esperar el advenimiento de una era de madurez democrática y de firme y científico desarrollo de las fuerzas potenciales de la nacionalidad. Es el paréntesis intermedio el que me toca presidir. Dentro del campo constitucional, se impone realizar un reajuste de las instituciones jurídicas, a tono con la emoción que hoy alienta en el mundo; y dar al pueblo la seguridad de que su vida habrá de desenvolverse en un clima de paz cordial, sin extremos de dictadura ni de demagogia, sin leyes de excepción ni alardes disolventes de rebeldía”.

Discurso del doctor José Luis Bustamante y Rivero al asumir la presidencia de la República del Perú

Lima, Congreso de la República, Julio 28 de 1945

Jose Luis Bustamante y Rivero

"Les pido a ustedes algo que también está en el fondo de mí espíritu: Fe en los destinos del país. No es hora de amarguras, es hora de construcción y de esperanzas. No desmayemos: creamos en el Perú. Nuestro pueblo está llamado a destinos muy altos... Hagamos un Perú grande y ustedes, los que quedan, son los encargados de realizar esta obra. Desde lejos yo los he de acompañar con todo el fervor patriótico de mi espíritu".

Lima, Palacio de Gobierno, Octubre 29 de 1948.

Jose Luis Bustamante y Rivero

EN ninguna circunstancia de la vida se aquilata mejor el valor de la amistad que en los momentos difíciles en que un hombre no tiene otro título que el de amigo. Como amigos están ustedes aquí y como amigo les digo gracias.

He dicho mal al expresar que no tengo más título que el de amigo, tengo otro título: el de Presidente de la República. Soy todavía presidente del Perú.

Seguiré siéndolo hasta que transponga las fronteras de mi Patria y aun más allá de esas fronteras, pues la fuerza es la que me saca. Pero tengo la satisfacción serena y firme, como cumple a la investidura de Presidente, de haber contestado a quienes pretendieron que yo entregara él cargo o que formulara mi renuncia, que un Presidente de la República no dimite porque su mandato emana del pueblo. Esas fueron esta mañana, en el Consejo de Ministros, mis palabras, porque el mandato sagrado del pueblo lo debe retener un Presidente mientras viva o hasta que la fuerza se lo arrebate. He pensado siempre que la investidura presidencial y la autoridad que comporta es un legado sagrado que pertenece a la Nación, del cual el Presidente es sólo un depositario y, como depositario de él, debe conservarlo.

He manifestado que en estas circuns­tancias no podía yo hacer entrega de mi mandato ni transferirlo a otras manos. Y que de este Palacio se me sacaría muerto o prisionero: Voy, a salir prisionero.

No digo estas palabras con amargura, las digo con la mayor serenidad, pero quiero aprovechar de la circunstancia de estar rodeado de un grupo de amigos para decirles que lleven su testimonio a mi pueblo de esta declaración pública que hago.

La historia es la que juzga los actos de los hombres públicos. Quiero que recoja estas palabras, que recoja la actitud que ha tenido un Presidente que, sin alardes, sabe que ha sido un Presidente con bue­na intención y que sale de su país llevando limpia y alta la frente y conservando intacto aquel legado que recibió del pueblo.

Yo les pido a ustedes algo que también está en el fondo de mí espíritu: FE. Fe en los destinos del país. No es hora de amarguras, es hora de construcción y de esperanzas. No desmayemos: creamos en el Perú.

Nuestro pueblo está llamado a destinos muy altos. Las crisis en los países no son cosas de hoy, han sido fenómenos de siempre; pero de las grandes crisis surgen los grandes remedios. Hagamos un Perú grande y ustedes, los que quedan, son los encargados de realizar esta obra.

Desde lejos yo los he de acompañar con todo el fervor patriótico de mi espíritu. Lo único que me llevo es la Patria en mi corazón.

Lima, Palacio de Gobierno, Octubre 29 de 1948.

FONDO EDITORIAL REVISTA OIGA

FONDO EDITORIAL REVISTA OIGA
ARTOLA ARBIZA, Antonio María. Ezkioga. En el 80° aniversario de la Pastoral de Mons. Mateo Múgica Urrestarazu sobre Ezkioga (07/09/ 1933), Ezkio, Fondo Editorial Revista Oiga (978-61-2465-76-03).

Jose Luis Bustamante y Rivero

El argonauta y el buzo

por Mario Polar Ugarteche

Para cumplir con el propósito de estas páginas –imprimir en la mente de los jóvenes la figura de un peruano ejemplar–, nada mejor que recurrir a la pluma de Mario Polar, quien en su libro ‘Viejos y nuevos tiempos' traza, bajo el mismo título de la cabecera, la siguiente magistratura estampa del doctor José Luis Bustamante y Rivero. Leamos a Mario Polar dialogando con su nieto:

Lima, 18 de julio de 1968.

Pequeño: hoy quiero contarte de dos maestros de mi juventud a quienes considero ahora mis amigos: de José Luis Bustamante y Rivero y de César Atahualpa Rodríguez.

El primero fue mi maestro de Derecho Civil en la Facultad de Jurisprudencia. El segundo me dio lecciones de Humanismo cuando regalaba cultura bajo los arcos de Portales de la Plaza Mayor de Arequipa. El primero es conocido como político y hombre de leyes y del segundo muy pocos saben algo. Pero ambos son poetas en la acepción más pura del vocablo y no porque “componen o hacen versos”, según definición de un diccionario, sino porque han sido capaces de encontrar la esencia poética en la substancia misma de la vida y de verterla y revelarla con belleza.

Cuando estudies la Historia del Perú Republicano sabrás que don José Luis, además de maestro y autor de ensayos jurídicos y sociológicos notables, fue el líder civil de la revolución de 1930 que derrocó a Leguía en un intento de restablecer las libertades públicas; que en 1945, en las primeras elecciones limpias y auténticas en muchos lustros, fue elegido Presidente de la República; que tres años después fue derrocado por un golpe militar encabezado por el que fuera uno de sus ministros de Gobierno; que cuando regresó del exilio fue calurosamente acogido por los pueblos de Lima y Arequipa como una de las reservas morales del país; que posteriormente fue elegido Juez del Tribunal Internacional de La Haya; y que actualmente es Presidente de esa institución, el más alto tribunal de la Tierra.

De César Atahualpa Rodríguez sabrás algo si estudias la historia de la literatura peruana y si los historiadores de esta época son capaces de captar el hondo mensaje metafísico de su poesía. Pues mientras la biografía de Bustamante es muy rica, incluyendo sus servicios como Embajador del Perú en varios países y su participación en algunas conferencias internacionales —lo que anteriormente olvidé mencionar—, la biografía de Rodríguez, por lo menos en términos convencionales, es muy pobre. Nació en Arequipa hace 78 años; estudió en una escuelita municipal y en el Colegio de la Independencia; ingresó, siendo muy joven, a la ‘Biblioteca Municipal’ como ayudante, ascendiendo en 1918 al cargo del director; y después de 40 años de labor fue jubilado.

Nada más. En ese lapso ha escrito mucho pero ha publicado poco: la Torre de las Paradojas –colección de poemas juveniles publicados por una editorial argentina en 1926– y ‘Sonatas en Tono de Silencio’ –selección de poemas de edad madura, editado por el Ministerio de Educación el año pasado. Sin embargo, eventualmente, diarios y revistas de Arequipa y algunas capitales de América han publicado sus poemas.

A estos dos hombres tan distintos, y tan hermanos en el fondo –al que conoció el drama del poder y de la lucha pública y al que vivió en la sombra, buceando angustiosamente en su pozo interior para sacar, de cuando en cuando, alguna perla legítima–, debo mucho más de lo que ellos sospechan. Porque ambos, a su manera diferente, me revelaron horizontes ambiciosos y ampliaron mi visión de la vida en extensión y en profundidad.

Con lenguaje ‘spengleriano’ podría decirte que uno es de la escuela de Apolo y el otro de la de Dionisio. Bustamante es sereno, ponderado, con un fuego interior controlado en la expresión galana y el ademán sobrio. Rodríguez, en cambio, es dionisiaco, vehemente, cargado de pasión, con un fuego que se le agota, a veces, en un jadeo y que en otras estalla en una imprecación. Pero ambos son músicos aunque no lo quieran y aman las palabras. El fondo y la forma se acoplan en ellos naturalmente y les dan un estilo. En uno, como en Goethe, el equilibrio es la meta y la serenidad, la senda. En otro, como en Beethoven, la meta es inalcanzable y sólo el camino cuenta; y lo recorre apasionadamente y haciendo pascanas para drenar el dolor, irisado de anhelos, jadeante de fatigas y ensueños.

Rodríguez debe ser algunos años mayor que Bustamante; pero prácticamente estos arequipeños son coetáneos. Sin embargo, por lo que sé, su evolución espiritual fue diferente y el afecto que ahora los vincula nació sólo en la edad madura.

Bustamante proviene de viejas familias arequipeñas que hicieron de la austeridad y del recato una norma insobornable. Por eso la sobriedad y la mesura en el ademán y en la palabra, tienen en don José Luis un origen ancestral y él, en ese aspecto, es la expresión de una herencia. Pero nacido a fines de un siglo, creció para ser niño y adolescente en los albores de otro que se proyectaba hacia el futuro como una promesa de novedades o como un quemante problema por resolver. Y con una inteligencia sorprendentemente lúcida y alerta, que rompió con severa audacia los moldes tradicionales en que fue cultivada, aceptó el reto de su hora y se aplicó con terca devoción a buscar soluciones a los viejos problemas insolutos. El derecho y la política fueron, inevitablemente, los caminos que se le abrieron. Pero no el derecho sólo como esgrima en que la dialéctica hace de espada; y no la política como medio de vida o de encumbramiento social; sino el Derecho y la Política como herramientas lícitas e indispensables para la búsqueda de la justicia y de un mundo más equilibrado y más pleno. Y así el poeta afloró en el sueño de un mañana más justo y en la subordinación a la palabra medida y al adjetivo cabal. Pero músico desde el fondo del alma, la palabra, escrita o hablada, tiene en él la cadencia de una partitura. Y no sólo en sus poemas que conocen tan pocos, sino en sus conferencias, sus discursos y sus charlas. Cuando escuché sus primeras clases y leí sus primeros escritos, no me interesé, en verdad, por el contenido sino por la forma. Me gustaban sus períodos bien cortados, el orden de su exposición, la gracia con que los adjetivos redondeaban el significado de los sustantivos, la plenitud, en suma, del idioma. Sólo después me percaté de que debajo de esta forma, tan meticulosamente cuidada, navegaba en la sombra la angustia del buscador de soluciones, el afán interior del cazador de verdades y la pudorosa piedad del caballero cristiano. Y esta angustia, este afán y esta piedad, verdaderos protagonistas de su drama humano, lo llevarían a la política, como portador de un sueño, para ser golpeado rudamente, para descubrir que un hombre solo, y solitario, no puede modificar un mundo imperfecto; pero sí puede, si tiene coraje, abstenerse de escupir por el colmillo, como los bravucones, para defender la convivencia democrática; y puede también conservar la dignidad y el decoro y encender una antorcha para que otros la recojan, encendida, en la posta de la vida. Su concepción de un orden cristiano, fraterno y creador, de hondas reformas sin violencia, son, en el fondo, su aporte constructivo a la vida de un país que despierta, en una hora confusa, con el sueño de un verdadero amanecer.

Mi amistad con estos dos hombres, tan distintos y, ahora, tan entrañablemente amigos, es uno de los muchos regalos que me ha hecho la vida.

De Bustamante conocí unos poemas muchos años antes de, que supiera quien fue el autor. Siendo muy niño se organizó una función de caridad en la que se representó ‘Blanca Nieves y los Siete Enanitos’. Bustamante, según lo supe mucho después, fue quien escenificó el cuento y lo vertió en versos pulcramente cortados. Yo debí ser el séptimo de los enanos; y recuerdo todavía buena parte de los parlamentos del ‘Príncipe Encantador’ y, por supuesto, lo que los enanos debíamos decir:

“Ya no somos pobres gnomos

sino pajes encantados,

con ricos ropajes

y luengos plumajes;

que derrocharemos

las riquezas todas

que hemos reunido

con sudor y llanto

…y tanto quebranto”.

Que me perdone don José Luis si éstos no son, exactamente, los versos que él escribió; pero la verdad es que los aprendí siendo tan niño que no recuerdo haberlos leído nunca. Y debí ser muy pequeño en verdad, porque no entendí entonces la razón por la que fui expulsado de la compañía teatral. Yo debía decir, en algún momento, refiriéndome a Blanca Nieves: “Que sea nuestra mamá”. Pero enmendándole la plana a don José Luis y dando una razón práctica y nutritiva a una frase que debía tener sólo una finalidad lírica, exclamé en un ensayo, muy sensatamente: “Que sea nuestra mamá... pa’ que nos dé tetita”. Las risas corearon mi improvisación; y aunque en diversos tonos se me dijo que debía suprimir el añadido, el recuerdo de mi éxito inicial me indujo a repetirlo en el ensayo final. El resultado fue mi expulsión. Fui reemplazado por Mañuco Zereceda, que tuvo que heredar mis atuendos.

Pero mi amistad con Bustamante se inició en mi juventud, cuando fui su alumno en la Universidad. Entonces mi hermano Juan Manuel y Alberto Soto trabajaban como practicantes en su estudio y la admiración que le tenían, y que han mantenido sin fisuras, incitaba mi curiosidad. En una ocasión reemplacé por breves días a Alberto Soto como amanuense; y de esta época recuerdo una anécdota que lo pinta realmente. Me dictó un largo alegato; y en la noche me llamó por teléfono para pedirme un servicio —pues don José Luis no daba órdenes—; que en un acápite determinado modificase una palabra por otra, de significado muy similar. Intrigado por la importancia que concedía a algo que parecía sin importancia intuí la razón: la segunda palabra, en el período, `sonaba’ mejor. La preocupación por la forma como la obsesión por lo justo y lo legítimo es posible que, en más de una ocasión, hayan significado trabas para el hombre de Estado; pero revelan al poeta y al moralista.

Cuando don José Luis iba a cenar a casa de mis padres o me encontraba con él en alguna reunión, jamás hablábamos de derecho sino de literatura. Y recuerdo que una noche, en mi casa, entusiasmado por unos poemas de Rodríguez que recité y él no conocía, nos regaló recitándonos poemas de su propia cosecha, que no ha publicado jamás. Y así nació una amistad que se fue estrechando con los años. Mientras fue Embajador del Perú solía escribirle eventualmente; y cuando regresó al Perú como candidato a la Presidencia y llegó a Arequipa antes de viajar a Lima, me llamó para preguntarme “si tendría inconveniente en servirle de amanuense” en la redacción del discurso que pronunciaría en la capital y que fue uno de los discursos más hermosos y más cargados de mensaje que ha producido.

Sin voluptuosidad de poder, requisito casi indispensable para ejercer el mando, don José Luis asumió la Presidencia como un deber, con entereza pero sin gozo. La euforia de la libertad reconquistada, la prepotencia del único grupo político organizado entonces, los apetitos de los viejos sectores desplazados del poder y la crisis financiera desatada por el término de la segunda guerra mundial, que determinó la caída de los precios de los artículos de exportación, acumularon nubes de tormenta sobre el horizonte. Y ‘la primavera democrática’, tan ardorosamente defendida por un hombre limpio, terminó con un golpe frustrado el 3 de octubre y con otro golpe de Estado triunfante el 27 del mismo mes de 1948. Yo estaba entonces en Buenos Aires y recibí a don José Luis en el exilio. Y durante un mes, pues mi carrera diplomática terminó también el 27 de octubre, estuve todos los días con don José Luis, que almorzaba o comía en mi casa. Sin acrimonia, yo diría que incluso sin rencor, examinaba en nuestras largas charlas todos los aspectos positivos y negativos de su gobierno, los errores de los grupos y sus propios errores, su exagerada confianza en la lealtad de los hombres y en la lealtad a los pactos, los raíces profundas de ‘una crisis que se juzgaba sólo por sus efectos exteriores y superficiales y la necesidad de movilizar la conciencia cívica del país, no para reponerlo en el mandato que se le había arrebatado, sino para crear el equilibrio de fuerzas sin el cual jamás podríamos los peruanos constituir una democracia. Y el gobernante derrocado no pensaba en él sino en el país. No añoraba el Poder. Quería sólo trocar su experiencia dolorosa en un mensaje de esperanza, sacar conclusiones para que otros enmendaran los rumbos. El poeta del Derecho quería hacer de la ley un instrumento eficaz de perfeccionamiento y de justicia. Y su anhelo, su sueño, se vertió en cientos de cartas a sus amigos, en cientos de mensajes en los que no había ni queja ni amargura sino sólo palabras de aliento para que la antorcha encendida se mantuviese viva, para que se retomase, sin sangre, el camino civilizado de la democracia hasta convertirla en la mejor costumbre; y para que se hiciese conciencia su convicción honesta de que una mañana con luz de alborada sólo puede ser el fruto de una larga noche de esfuerzo y sacrificio. De él aprendí que vivimos tiempos de dar y no recibir y que lo que importa, para quienes asumen responsabilidades, no es reclamar derechos sino cumplir deberes. Aunque la incomprensión, o fuerzas que a veces son más fuertes que los hombres, trunquen muchos esfuerzos y derriben muchos luchadores. Siempre que queden corredores en la posta.

Esos días difíciles de Buenos Aires tuvieron también alguna compensación para don José Luis. El cálido afecto de sus amigos, demostrado en múltiples formas, llegaba a él ya limpio de toda sospecha de interés, como una colectiva voz de aliento; y después de tres años de vivir en Palacio, permanentemente resguardado —como un voluntario prisionero— volvió a conocer el placer de ser un ciudadano cualquiera, de caminar libremente por las calles sin plan y sin horario. Recorríamos juntos Corrientes y Florida, las famosas calles bonaerenses, mirando los escaparates. A veces entrábamos a algún café a tomar un aperitivo. En otras ocasiones paseábamos frente al río disfrutando de la brisa en ese noviembre cada vez más cálido. Y el reencuentro con la libertad, para quien había vivido enclaustrado y había recorrido las calles de Lima, durante tres años, sujeto a horarios y custodia, fue un placer renovado. Vagar por las avenidas sin plan ni concierto, charlar sin apremio, volver otra vez, eventualmente, a hablar de literatura, retornar a la confidencia, examinar con calma los problemas del Continente y del propio país, fueron bálsamos para el espíritu herido, fórmulas espontáneas para que un hombre libre mantuviera el equilibrio. Cuando, al cabo de un mes, tuve que regresar al Perú con mi familia para rehacer mi vida, sentí de veras mi partida, por don José Luis y por mí. Sobre el plinto de un viejo afecto habíamos levantado una honda amistad, que se ha afirmado en los últimos 20 años. El mandatario derrocado un solo encargo me dio para sus amigos del Perú: que se aplicaran con tenacidad y con paciencia a la formación de un partido político. Mientras exista —me decía— un solo partido organizado como el Apra y, frente a él sólo agrupaciones electorales eventuales, jamás habrá democracia en el Perú; y el país seguirá oscilando entre la dictadura castrense y la prepotencia, inevitable, del grupo único. Y esta recomendación está en la fuente del camino que desde entonces seguí, que a lo mejor no es siquiera el camino que hubiera escogido mi corazón, de acuerdo con mis propias inclinaciones.

Podrías preguntarte, pequeño, por qué te hablo en una sola carta de dos figuras humanas tan aparentemente distintas, tan dignas, cada una de ellas, de una estampa singular. Y podrías también preguntarte por qué las mezclo en el recuerdo. Y quizá no pueda explicarte del todo las razones. El hecho de que ambos hayan llenado, casi, su periplo, aunque están en aptitud de darnos todavía más de una sorpresa, no es una respuesta satisfactoria. Creo que las he mezclado porque el Argonauta y el Buzo incidieron en mi vida en momentos cruciales. Porque uno me aceptó en su nave en días de tormenta para hacer mirar el drama de nuestro tiempo con la angustia que la vida reclama para tomar decisiones. Y porque el otro me metió en su escafandra para hacerme contemplar la trágica y misteriosa grandeza del interior del hombre.

Por eso te dije que debo mucho a Bustamante y a Rodríguez. Sé, por cierto, como te he comentado en otra ocasión recordando a Saint-Exupery, que cada ser humano es un universo que se alumbra con su propia luz, sea ésta mortecina o brillante. Pero sé también que vivimos dentro de una constelación humana y que reflejamos, sin quererlo, los rayos más luminosos. Con ellos también nos alumbramos, incluso cuando rechazamos, total o parcialmente, su luz. Y eso nos ayuda a comprender y a vivir y, a veces, a actuar. Por eso, pequeño, porque sé, por experiencia, lo que significaron para mí don José Luis y César Atahualpa, quisiera que en tu vida encontraras un Argonauta y un Buzo. Con lenguaje infantil podría decirte que es como subir y bajar en un funicular adosado a la montaña fabulosa de la vida.

“CUANDO estudies la Historia del Perú Republicano sabrás que Don José Luis, además de maestro y autor de ensayos jurídicos y sociológicos, fue el líder civil de la revolución de 1930 que derroco a Leguía en un intento de restablecer las libertades”. MARIO POLAR UGARTECHE.

“Sabrás que en 1945, en las primeras elecciones limpias y autenticas es muchos lustros, fue elegido Presidente de la Republica; que posteriormente fue elegido Presidente del Tribunal de la Haya, el mas alto tribunal de la tierra”. MARIO POLAR UGARTECHE.

Oiga 24/01/1994

Jose Luis Bustamante y Rivero

Páginas para la historia

Bustamante en su mensaje epistolar

por Francisco Igartua

CON las cartas de don José Luis Bustamante y Rivero a don Benjamín Roca Muelle en mi poder, gracias a la espontánea decisión del ingeniero Benjamín Roca De la Jara, su hijo, tengo a la vista un cuadro vivo de la pulcrísima intimidad del Presidente que mayor empeño puso, en el curso de toda nuestra historia, por educar cívicamente al Perú. Se trata de una larga correspondencia, en gran parte dedicada a menudos problemas de la vida doméstica, en la que exhibe Bustamante su implacable rectitud, su limpieza moral, su amorosa lealtad a la familia y a su lar arequipeño. Son cartas que comienzan con los relatos de una larga y penosa peregrinación por clínicas y sanatorios, acompañando a su señora, María Jesús Rivera de Bustamante y Rivero, cruelmente quemada en un accidente de aviación, en Chile, cuando acudía a acompañar al Presidente, desterrado en Buenos Aires. Cartas que revelan las penurias económicas y la pulcra y austera intimidad doméstica de los Bustamante —que a él le indignaba se dieran a conocer— y concluyen con mensajes y ‘memos’ políticos en los que pone el alma y expone el meollo de su pensamiento social.

En la lectura de estas últimas cartas —dirigidas a Benjamín Roca o, a través de éste, a sus ‘amigos’— se nos descubre cómo va naciendo el partido Demócrata Cristiano en la mente de Bustamante y en sus directivas, más que impartidas insinuadas, desde su destierro en Madrid y Ginebra.

Por curiosa coincidencia, la correspondencia puramente política comienza con una referencia a mi persona y con una carta que jamás llegó a mis manos y que don José Luis se empeñaba en que me fuera entregada.

El ilustre patricio desterrado había montado en cólera porque ‘Caretas’ —bajo mi dirección— había hecho pública una misiva de él a un amigo, en la que trazaba las líneas maestras de su pensamiento sobre la realidad política peruana. Lo indignaba que una correspondencia privada fuera dada a conocer al público sin anuencia del autor y —según él creía— del receptor del escrito. En su indignación, que duró varios meses, descargó sus iras contra el “periodismo amarillo, interesado, que lucra con las infidencias...”, contra una prensa a la que “jamás acudiría para publicar” sus escritos, a pesar de que reconoce que lo publicado en la revista “esté lejos de hacerme daño” y “me trate con amistad, alabándome”. Para apuntar en otra carta: “No creo tampoco que esa actitud de la revista ha sido un signo de amistad leal para conmigo”.

Nada de esto supe yo en esos años y no pude entonces replicarle —y quién sabe distanciarme para siempre de él—, dándole a conocer la verdad: que yo no podía haber hecho público ese documento si no me lo hubiera proporcionado una persona de mucha confianza, vinculada al bustamantismo. Como que así fue. Y en la correspondencia del propio Bustamante se revela algo más: que ese documento privado había estado circulando, en copias, tanto en Lima como Arequipa. El propósito —que para mí era transparente— fue divulgar una voz de aliento entre los opositores a la dictadura de Odría, ganados por la tradicional abulia limeña y un tanto abrumados —igual que ahora— por la eficacia del déspota. No advertía el Presidente que el periodismo lucra con publicaciones de sexo y crimen y no con la difusión de ideas alturadas como las suyas. Tampoco apreciaba Bustamante que el director de Caretas no sólo era un buen amigo suyo sino que más de un disgusto, con cárceles y destierro de por medio, había sufrido por defenderlo. Siempre, de acuerdo a mi modo de ser, sin siquiera dárselo a conocer al interesado.

Mucho tardó Bustamante en variar su opinión sobre ‘Caretas’. Sólo cambió varios meses después, con ocasión de un amargo enfrentamiento familiar en Arequipa, que lo hace exclamar con dramatismo en una carta “estoy abrumadoramente solo en el destierro”, pues nadie ha salido en su defensa, aparte de “un señor Crespo (que) ha roto lanzas por mí en Caretas; gesto que es más de agradecer por lo mismo que lo no conozco”. En la siguiente carta, informado ya de los detalles de esa y otras publicaciones, escribe casi con resignación: “Yo creí ingenuamente que se trataba de un redactor de la revista. Si a ustedes les parece, los autorizo a hacer una visita privada a lgartua, para expresarle también mi agradecimiento”. Esto es en mayo de 1955 y la frígida carta al director de ‘Caretas’, que jamás me fue entregada, está fechada en Madrid el 15 de noviembre de 1954.

El ‘documento’, cuya publicación alejó tan amargamente a Bustamante de ‘Caretas’ —hecho que recién descubro yo ahora—, es uno de los primeros pasos que va dando el Patricio para apadrinar un movimiento social cristiano en el Perú. Lo dice en varias oportunidades en su correspondencia de esos meses: “A este respecto, una carta muy extensa exponiéndole mi plan de ‘seminarios cívicos’. Puede usted pedírsela prestada para su información. Yo quisiera que la iniciativa se lance al público bien cuajada, madura, redonda: puede ser algo magnífico. Por eso hay que yo recuerdo haber escrito a Javier Correa rumiarlo bien”.

En estas líneas también se puede advertir la prisa que sus amigos tienen para lanzarse a la arena política, con la intención de levantar la candidatura presidencial de Bustamante, muchos con el ánimo de lograr un desagravio popular al presidente desterrado. Pero él no piensa igual. No le atrae el trajín político directo, no desea ser candidato. Lo que quiere es poner en marcha un movimiento de ideas que cuaje en un partido moderno, al que él no debe integrarse para así romper con la tradición caudillista que ha animado a todas las organizaciones políticas peruanas. Es rotunda su posición contraria a cualquier forma de bustamantismo.

En esos días preparaba su ‘Mensaje al Perú’ que únicamente encontró respaldo y cabida en ‘Caretas’. Pero antes tiene largas conversaciones en Ginebra con Enrique García Sayán, con quien ha compartido inquietudes en la tesis de las 200 millas, tesis que ellos proclamaron como derecho territorial de los países ribereños. Da cuenta de esas charlas a Benjamín Roca con estas líneas: “Muy largo tendría que escribirle a propósito de los desarrollos políticos de que usted me da aviso; pero pienso que no sólo es difícil dar por escrito una impresión clara de asuntos de suyo complejos, sino que en, este caso sería inútil, ya que Enrique, de viva voz, les transmitirá a usted y a otros amigos íntimos sus impresiones de nuestras conversaciones y les expondrá con fidelidad mi pensamiento... lo que me preocupa es que puedan ustedes sentirse cohibidos de actuar en su esfera personal en la forma que sus conciencias lo dicte; y en este sentido quisiera que sepan —y así se lo he dicho también a Enrique para que se lo transmita— que si bien yo estimo que conviene no .precipitarse demasiado a definir compromisos, por lo menos ostensiblemente, yo respeto y respetaré siempre la decisión de cualquier amigo que creyera deber cívico suyo pronunciarse desde ahora personalmente acerca de tal o cual candidatura. Conviene no olvidar, sin embargo, que el ‘bustamantismo’ es trapo rojo para el gobierno y que éste mirará con recelo y como enemigo a cualquier candidato que en su iniciación se presente apoyado por mis amigos... Y no quiero avanzar más. Yo no he tenido reservas con Enrique. Lo que he rogado a él y les ruego a todos ustedes es que guarden absoluta discreción y reserva ante todo el mundo sobre las conversaciones de Ginebra y todo lo que de ellas pueda derivarse... Yo no he dicho nada. Así, rotundamente. Siempre es preferible silencio a la tergiversación”.

A Bustamante no le interesa ser candidato y no quiere malas interpretaciones sobre su preocupación política. Su mente está en el ‘Mensaje’ que tiene en preparación y en el partido de ideas que puede surgir del manifiesto y de las cartas que va intercambiando con sus amigos de Lima y Arequipa, alentándolos a organizar ‘seminarios cívicos’ para jóvenes y obreros.

Es así como va tomando forma el partido Demócrata Cristiano, partido al que él considera —sin decirlo— consecuencia de su prédica y de sus incitaciones. Se siente parte de él, aunque no piensa inscribirse, hasta que sus amigos le dan cuenta; primero, de tratativas pragmáticas con la candidatura Prado y luego con la de Lavalle. Ese pragmatismo le repugna y no quiere se le mezcle para nada con Prado. Tampoco con Lavalle, aunque expresa aprecio personal por éste. No sólo no cree en ellos, sino que rechaza a los hombres de la extrema derecha. No hay ruptura con sus amigos, pero ya no convergen las ideas de Bustamante con los pasos prácticos de la Democracia Cristiana. Y lo curioso es que en toda la correspondencia —aparte de una fugaz referencia al inicio del proceso— Bustamante no menciona para nada a Fernando Belaunde, el candidato que se enfrenta a Odría y a Prado.

En la primera carta de contenido puramente político, que va a continuación de estas notas, el doctor José Luis Bustamante y Rivero hace una despiadada vivisección del Apra. Es un rotundo rechazo al aprismo que se irá amenguando o suavizándose con algunos matices en las cartas siguientes, pero que sería una constante en su posición política. Postura en la que, con no muchas diferencias, lo acompañó siempre don Jorge Basadre, otro gran preocupado por el destino de este país dé desconcertadas gentes.

Ya se ha publicado el ‘Manifiesto al Perú’ y Bustamante empieza a recibir ataques, tanto del gobierno como del pradismo. Son pocas las voces en su defensa. Se siente solo y duda. Teme que su respuesta a Augusto Thorndike, vocero del pradismo, no se publique y, olvidando la introducción que le puse a la réplica de Thorndike, al ‘Mensaje’, le escribe a Roca: “Es indispensable la inmediata publicación de ese documento, porque ya no puedo callarme ante esa gente. No dudo que el señor Igartua accederá a acoger la carta; y, en todo caso, tengo derecho legalmente a la rectificación”. Es muy posible que cuando escribía esto Bustamante, ya había yo publicado su candente respuesta al ex ministro de Prado.

Leamos con atención estas páginas indiscretas de don José Luis Bustamante y Rivero. Son escritos para la historia y que hago públicas aunque él vuelva a rabiar “por no ser iguales los cuidados que uno pone en la comunicación privada y en la que va al público”. Es justo en estos escritos espontáneos donde más se luce la grandeza espiritual y moral de don José Luis Bustamante y Rivero, un Presidente que tuvo por meta educar al Perú y hacer de nuestra república una democracia.

Oiga 7/02/1994

Jose Luis Bustamante y Rivero

José Luis Bustamante y Rivero

La correspondencia

Ginebra, 29 de julio de 1955

Sr. Don

Benjamín Roca M.

Lima.

Mí querido Benjamín:

Valiéndome de un conducto personal de mi plena confianza, le pongo estas líneas que sólo lamento no le lleguen con toda la celeridad que hubiese querido, pues he debido sacrificar la prontitud a la seguridad.

El objeto principal de esta carta es referirme a su Memorándum (llegado por vía L.S.) sobre mi mensaje y sobre la inconveniencia que a su juicio ofrece la publicación total.

Tengo que comenzar por declararle que desde un punto de vista político, o de circunstancias políticas, comprendo que usted tiene toda la razón; pues ese documento ha de levantar ronchas lejos de despertar simpatías en muchos sectores, y por tanto no ha de contribuir a una labor de unificación de grupos alrededor de mi persona. Pero, a la vez, espero que habrá usted tenido oportunidad de ver un Memorándum (en una especie de clave) que envié a Pepe y posteriormente una carta que escribí a éste, dándole mis puntos de vista al respecto. Después de leídos esos rápidos apuntes, estoy seguro de que, aunque usted siga discrepando de mi criterio, por lo menos habrá encontrado justificada mi posición al insistir en la publicación inmediata del mensaje. En dos palabras: éste no fue escrito para los grupos políticos, sino para el país; mucho menos para grupos políticos conservadores, puesto que mi mensaje es de avanzada; por tanto, esperar para la publicación del documento a que antes hubiese yo entrado en negociaciones con esos grupos, habría sido frustrar la publicación, pues ya yo habría carecido de libertad para decir lo que en aquel digo. De otro lado, mi entendimiento con grupos políticos que en realidad son de ultra-derecha repugnaría a mis convicciones sociales y más tarde le habría quitado al documento toda apariencia de sinceridad. Por otra parte, el documento está escrito con la intención más limpiamente desinteresada, y por lo mismo, para su circulación, yo no puedo ni debo condicionarlo a perspectiva alguna personal mía vinculada a una posible candidatura; creo que mi deber cívico de peruano y de ex presidente es más alto y está por encima de esa clase de aspiraciones. Por todo lo expuesto, me parece que es preferible que antes se sepa bien claro cómo pienso en política: si después se cree útil mi concurso, ya me buscarán; si no me buscan, poco se habrá perdido, porque lo que a mí más me interesa es dejar una semilla en la juventud y en el pueblo sano.

Usted me replicará con razón que hoy lo primero es obtener la unificación nacional contra la prórroga y contra un nuevo gobierno impuesto por Odría. Yo lo acepto, y en este sentido no negaría mi concurso a un movimiento serio cuyo escueto y único objetivo sea ese y el de conseguir una reforma del Estatuto Electoral para garantizar una elección limpia. Pero ya ve usted, por ejemplo: se acaba de lanzar el Manifiesto a que usted me alude al final de su Memo, y entre cuyas firmas figuran las de muchos y muy respetables amigos míos. Yo encuentro ese documento correcto en su forma y limpio de intención; pero entre otras cosas propicia una amnistía general. Yo, la verdad, no estoy seguro de que esto no vaya más allá de lo que conviene al país y aún más allá de lo que han querido algunos dedos firmantes del Manifiesto. La amnistía general significa devolver la legalidad al Apra, darle carta blanca a ese partido para volver a actuar sin antes cambiar su orientación totalitaria, ponernos de nuevo, en suma, frente al peligro de caer bajo una nueva dictadura aprista. Ya usted ve cómo a veces el impulso inicial de generosidad, la vehemencia política o la falta de un análisis más hondo llevan a elementos excelentes y centrados a propiciar soluciones extremas y a hacerse, en cierto modo e involuntariamente, instrumentos de las fuerzas disolventes. Yo he pensado de distinta manera: los apristas, como ciudadanos, pueden y deben votar y pueden ser elegidos si no están judicialmente condenados o constitucionalmente impedidos; pero el Apra, como partido, no puede actuar en el proceso electoral mientras no haya reformado su constitución interna o estatutos bajo pautas democráticas trazadas por una ley o una enmienda constitucional. El día que hayan desaparecido del Apra la organización, vertical, los búfalos, los dorados, las células con deliberaciones secretas, los códigos penales internos, las ‘barras’ parlamentarias a consigna, los métodos de intimidación callejera, las bombas y petardos, el ‘endoctrinamiento’ de la niñez y juventud escolares, las milicias, la captura política de los sindicatos, las renuncias parlamentarias en blanco, los juramentos de fidelidad, etc., yo seré el primero en reconocer que la nueva Apra o como se llame el partido reformado, es ya un partido democrático. Pero entretanto, seguiré creyendo que hice bien al declarar en 1948 que ese partido se había puesto con sus hechos fuera de la ley, y que no debe volver a actuar siguiendo los mismos métodos.

Ahora viene un segundo punto interesante. Creo que aunque comprendamos que la publicación de mi mensaje frustre la unión con otras fuerzas, o con otros grupos de la capital, no por eso debemos darnos por vencidos y creer que nuestro grupo ha perdido su gran oportunidad. Entendamos por ‘oportunidad’ no la ocasión de que mi nombre pueda volver a sonar como un posible candidato, sino la ocasión de que mis ideas puedan fructificar en un medio sano y abonado para suscitar en el país un movimiento cívico nuevo de verdadero bien nacional. Y en este aspecto es en el que me parece está cifrado en el momento actual EL MÁS GRAVE DEBER DE MIS AMIGOS: en procurar que, a base del mensaje y sus ideas, se aglutine una fuerza joven y obrera, realmente popular y democrática, en Lima y fuera de Lima, en todos o en los principales departamentos. Para esto, juzgo indispensable que usted y mis amigos tomen contacto con aquellos elementos también amigos nuestros que están en la Universidad y que tienen contacto con los sindicatos obreros. Javier es profesor de La Católica y puede saber qué jóvenes dirigentes de valía hay allí. Luis Bedoya, Skinner, Alfonso Baella, Pacheco Vélez son excelentes muchachos, varios de los cuales tienen contactos obreros. En Arequipa están Cornejo Chávez, Jaime Rey de Castro, Ramírez, Flórez Barrón (temo que Mario Polar, el más valioso sin duda, no pueda figurar por sus cargos profesionales). Y así en otros lugares. A base de la idea de los ‘seminarios’ de investigación, se puede organizar muy pronto un estupendo movimiento social electoral.

He sentido que ‘Caretas’ no haya publicado sino la mitad del mensaje. Temo que la aparición de la otra mitad sea entorpecida por el gobierno. Además, es lamentable que el temor haya obligado a mutilar en la primera parte el párrafo en que atacaba la inmoralidad administrativa reinante ([1]). Esto me lleva a rogarle me avise usted de inmediato si a su juicio es hacedera o no la publicación del folleto o de volantes o de ambas cosas a la vez, del mensaje íntegro; porque si a la postre no va a poder publicarse en el Perú, yo quiero hacerlo imprimir en el extranjero. Para esto, unas frases-claves nos permitirán entendernos. En su próxima carta, si la publicación del mensaje en un folleto de gran tirada no es posible, me dirá usted “no es posible conseguir la casita en Barranco”. Si tampoco hay esperanza de hacer circular volantes con el mensaje total (no el extracto) me dirá usted, agregando a la frase anterior “no es posible conseguir la casita en Barranco ni en Chorrillos”.

Lo que más me ha preocupado en su memorándum es su anuncio de que “lo probable, por no decir lo seguro, es que Ud. no vuelva a intervenir más en política”. Yo me pregunto si esta decisión suya obedecerá a que su discrepancia con mi actitud política (no de principios sino de métodos) es tan radical que no se siente Ud. en posibilidad de compartirla; o si se debe a las ingratas y duras experiencias que la política le ha dejado en los años pasados. Lo primero, me dolería intensamente, si bien creo que entre nosotros no puede caber ninguna radical discrepancia estando como estamos identificados en el común anhelo de contribuir a formar un Perú mejor. Lo segundo me lo explico desde un punto de vista humano y práctico; aunque me pregunto cómo podría hacerse en nuestro país algo de provecho si sus mejores elementos como usted se ponen al margen de la conducción política. Yo creo, Benjamín, que el aporte que usted puede dar a nuestra política con las dotes extraordinarias que Dios le ha dado en concepción clara de las cosas, en visión de los problemas, en intuición del porvenir, en ductilidad para el trato de hombres, en capacidad de iniciativa, en lucidez de planteamientos, en genio organizador y en golpe de vista financiero, es un aporte insustituible y que en un momento dado no podrá usted negar. Vaya usted meditándolo para cuando llegue su hora.

Quiero referirme por último a la indicación que usted me hace y que también me hacían en el otro Memorándum que me enviaron todos los amigos sobre la posibilidad de un viaje mío inmediato al Perú, sea para tomar en mano la campaña en pro de elecciones limpias, sea incluso para incorporarme al Senado. Creo, como usted, que la publicación de mi mensaje habrá puesto reticentes o en bando opuesto a varios grupos políticos, y que por lo mismo se habrá roto la ilusión de los primeros instantes acerca de la factibilidad de ese viaje. En todo caso, creo que este asunto hay que manejarlo con extrema prudencia, pues así como podría realmente dar efectos valiosos dentro del actual movimiento cívico, puede también llevarnos y llevarme a un fracaso si el éxito de esa postura no ha sido debidamente sopesado previamente. De todos modos, y a propósito de las sugestiones de detalle que ustedes me sugieren debo decirle: a) A mí no me parece bien el que yo vaya a presentarme a un Cónsul que es representante del gobierno de Odría para pedirle visa. Llegado el caso, lo que tendría que hacer es anunciar públicamente a algún periódico de allá mi intención de ir, a fin de que ese anuncio suscitara una autorización de Lima a la Legación en Berna (pues tengo derecho a visa diplomática y no consular). Otro medio podría ser una gestión de un grupo numeroso de amigos políticos para que se levante la prohibición de visación que hoy existe. b) Le confieso que no me alucina la idea de una nueva ‘entrada de Cocharcas’ al llegar al Perú, yendo primero a Arequipa, etc. Esa sería una entrada de candidato, casi diría de auto-candidato. Yo quiero ser el hombre llano que, llegado el caso, iría allí a cumplir una misión cívica, sin bombo, por deber. c) Reitero que me reservo, a base de las informaciones de ustedes sobre la evolución de los acontecimientos, decidir acerca de este punto y de su oportunidad. Entretanto, sólo deseo que tenga en cuenta esto: no rehuyo la actitud ni la temo; pero no quiero ir a un fracaso. Mientras no sepa que hay una fuerza voluminosa, respetable, entusiasta, valiente y decidida —y ojalá no únicamente de nuestro grupo, sino de otros afines en pensamiento o en similitud de circunstancias— capaz de meterse a fondo en un movimiento cívico pro-elecciones limpias y capaz de apoyarme ciento por ciento en él, sería prematuro y hasta insensato un viaje mío.

Creo, Benjamín, que ya he ‘vaciado el saco’. Le he dicho todo lo que tenía dentro, a propósito de estos asuntos que venimos tratando con ese angustioso sistema de ‘medias palabras’ a que nos obliga el temor a la censura. Lástima que no sean frecuentes las oportunidades de escribirle como hoy, libre de ese temor. Con todo, a falta de amigos, puede usted seguir dirigiendo sus cartas reservadas a la dirección consabida. Y como también me da un poco de recelo que se emplee con mucha frecuencia ese conducto, podría usted de cuando en cuando usar este otro, pero cuidando de poner doble sobre, esto es, un sobre interior dirigido a mí:

Mme. B. Kugler

19, Promena de Ch. Martin (Malagnou). Geneve (Suisse).

Abrazos.

J.L. Bustamante.

([1]) No fue porque se atacara “la inmoralidad administrativa reinante” que suprimí un párrafo del Mensaje de Bustamante —dejando bien puntualizado que el corte se debía a la draconiana legislación de la dictadura— sino porque, el doctor Bustamante incorporaba a las Fuerzas Armadas en esa ‘inmoralidad administrativa’ y el ‘desliz’ sí hubiera imposibilitado la publicación de la segunda parte del mensaje: en esos momentos significaba cárcel segura e inmediata clausura de la revista cualquier referencia que molestara a los militares. Y no por temor sino por realismo político evité que la dictadura clausurara la única publicación que se le enfrentaba y volviera yo a la cárcel y el destierro. (En 1952 había yo sufrido cárcel y destierro a Panamá por haber salido en defensa del doctor Bustamante) F. lgartua.

Oiga 7/02/1994

Jose Luis Bustamante y Rivero

José Luis Bustamante y Rivero

La correspondencia

Ginebra, 27 de septiembre de 1955.

Mis queridos amigos:

Mi hijo me ha traído, a su regreso del Perú, sugerencias de varios de ustedes sobre la conveniencia de contemplar mi retorno al país para fundar un núcleo que recoja nuestros ideales políticos y para hacerme presente en la campaña cívica abierta en pro de la obtención de garantías efectivas durante el próximo período electoral.

Me ha hecho conocer también el deseo que anima a un apreciable grupo juvenil de verse organizado a corto plazo, no sólo para emprender el programa de estudios sociales que he auspiciado en mi mensaje de julio, sino para actuar políticamente en la lucha electoral que se avecina.

Las duras experiencias recogidas de mi paso por la política no me mueven, por cierto, desde un punto de vista personal a enrolarme de nuevo en ella; pero comprendo, a la vez, que desde un punto de vista cívico cabe considerar el deber que en este momento puede incumbirme de cooperar a esos objetivos, reclamados por el interés nacional. Y ante un requerimiento de esta índole, mi reacción no puede ser negativa. Comparto, además, el criterio del elemento joven en el sentido de que la vibración que suscitan las actividades electorales puede representar ahora un factor de aglutinación y entusiasmo en el nacimiento de la nueva agrupación política; al paso que después de realizadas las elecciones, las cosas vuelven a su cauce, la euforia cívica se aquieta y falta calor al ambiente para esta clase de trabajos políticos.

He sabido también que ustedes juzgan hoy más factible, mi regreso en vista de las manifestaciones hechas por Odría en su mensaje del 9 de septiembre, interpretadas por el órgano oficial la Nación’ como un anuncio de que se permitirá volver al Perú a los desterrados políticos no incursos en la Ley de Seguridad.

Ustedes habrán observado, sin duda, que la interpretación de la Nación va bastante más allá de las palabras del mensaje oficial, por lo cual aquel comentario debe tomarse con reservas y sin demasiado optimismo. No obstante, me doy cuenta de que una gestión mía planteando mi regreso serviría para descubrir la verdadera intención del gobierno y compulsar el grado de seriedad de su oferta de garantías. Solicitaré, pues, un visado de reingreso.

Pero creo que una elemental sensatez aconseja condicionar mi vuelta al Perú a la existencia de ciertas circunstancias —ya del ambiente externo, ya del seno íntimo de nuestro grupo— que permitan atribuir viabilidad a los objetivos del proyectado viaje. Sería lamentable que mi presencia, lejos de ayudar al éxito de lo que creemos ser ‘la causa nacional’, perturbara posibles soluciones. Por otro lado, debe quedar establecido hasta qué punto el aliento que yo preste a la organización política cuya fundación se proyecta contará con el respaldo de una determinación seria, firme y previamente sopesada por sus componentes. La creación de un partido implica sacrificios, dedicación, acción decidida. Si unas y otras condiciones no existen, huelga cualquier intervención mía.

Y éste me parece el lugar adecuado para despejar todo equívoco sobre la forma en que, llegado el caso, me propongo intervenir. Actuaré en mi esfera privada, como simple ciudadano, en un plan de cooperación personal o, si se quiere, de docencia cívica. Esta posición es, sin duda, la más a propósito para dar mayor altura a mi tarea y me permitirá mayor independencia para trabajar por la liberación moral y política del Perú.

Gobierno y pradismo son las dos fuerzas que hasta hoy parecen retener la exclusiva de la actividad preelectoral. Reiteradamente se ha dicho que podría hallarse en gestación una tercera fuerza, producto de la coalición de aquellos grupos que combaten al gobierno y que son desafectos a Prado. Ignoro si tal rumor ha llegado a objetivarse y si los integrantes de esa alianza han buscado el apoyo individual de mis amigos. Quiero sólo formular una hipótesis. Sabido es que mi mensaje ha levantado resistencias en muchos sectores. No es extraño que esta circunstancia inspire a algunos de los grupos de la posible coalición una actitud de repulsa a mi participación en ella. Puede haber también otra clase de motivos políticos que a los ojos de algunos hagan preferible mi exclusión: la presencia de un ex Presidente derrocado es casi siempre un trapo rojo que concita las iras incontroladas del usurpador del Poder, quien trata de aplastar cualquier empresa en que aquel intervenga. Pues bien: deseo que se sepa que no tengo ningún empeño en figurar. Si los fines de la coalición son rectos y patrióticos —aunque no entrañen ideas sociales todo lo avanzadas que quisiéramos— puede ser conveniente que mis amigos se incorporen a ella aun sin participación mía. Hay que prever esta situación y sondear la posibilidad de que se produzca antes de dar yo el paso de mi regreso.

Permítaseme una conjetura más. Sea que nuestro Movimiento haya de actuar solo o incluido en una convención electoral, cabe la eventualidad de que por no llegar a plasmarse una tercera candidatura de oposición, queden solos en la arena el candidato gobiernista y Prado; y de que entonces la coalición o los elementos del Movimiento mismo opten, como caso extremo, por apoyar al segundo como expresión de rechazo al primero. A esto se ha dado en llamar “evitar el mal mayor”. Personalmente creo que una verdadera oposición debe alzar su propia bandera aunque vaya a la derrota; pero yo podría objetar una decisión de mis aliados o de mis amigos en favor de Prado sin incurrir en una coacción de su libertad cívica. Por eso ruego a los segundos que, si tal emergencia se previera, me hagan desde ahora la merced de relevarme de toda intervención en la organización del Movimiento o en el proceso político peruano. Convicciones muy arraigadas me vedan tener actuación ninguna en trabajos que pudieran desembocar en semejante solución.

Y ahora, miremos dentro de casa. No podemos ocultarnos a nosotros mismos que algunas de las ideas sociales y económicas expuestas en mi mensaje de julio han suscitado controversia en el seno mismo de nuestro grupo. Algunos de los nuestros consideran aquellas ideas demasiado avanzadas o inaplicables; otros las aceptan y querrían verlas puestas en obra. Fenómeno, por lo demás, perfectamente legítimo y democrático; pero no por eso menos cargado de consecuencias en lo que atañe a la unidad espiritual del grupo. Pienso que es ésta una materia acerca de la cual deberán —con plena libertad— pronunciarse mis amigos al tratar de dar programa al Movimiento político que se tiene en mientes. Yo no fijo cartabones ideológicos inflexibles: enuncio, sí, una orientación general francamente socializante, acerca de la cual no creo existan discrepancias. Cabría, pues, concebir la adopción inmediata de un conjunto de enunciados mínimos inspirados en las ideas éticas, sociales y políticas que llevé al gobierno; y someter, con plazos perentorios, a los ‘seminarios de investigación’ del propio Movimiento el estudio referente a la proporción y al ritmo con que deben proclamarse los objetivos realizables del que se diría plan máximo (reforma agraria, reforma tributaria, etc.) —Presumo que se considera incluidos entre los enunciados iniciales o mínimos temas tales como la descentralización, las cooperativas indígenas, la asignación al indio de tierras no aprovechadas y vacantes, la intensificada intervención de los organismos técnicos internacionales en los planes de mejoramiento indígena y social, etc.

Si nuestro movimiento ha de actuar dentro de alguna coalición electoral, la designación de la persona del candidato a la Presidencia debe ser objeto de su más grande preocupación. Debe exigirse que se escoja una figura personal y políticamente respetable. Es posible que, como producto que aquella designación ha de ser de la opinión de grupos disímiles, esa figura no llegue a colmar enteramente nuestras aspiraciones; pero por lo menos deberá ostentar un pasado limpio, ejecutoria de honestidad, convicciones democráticas, rectitud e independencia de carácter y cierto grado de sentido social acorde con la época.

Si el Movimiento ha de actuar solo y no dentro de una coalición, podría parecer excesiva la postura de lanzar un candidato propio a la Presidencia; pero sí debe pensarse en una lista propia de senadores y diputados por algunos departamentos y provincias, a fin de tomar desde ahora posiciones políticas y contar con un respaldo parlamentario, aunque sea reducido, para sus iniciativas programáticas. Esta aspiración debe ser planteada a los aliados si el Movimiento actúa en coalición.

En lo que concierne DIRECTIVAS, me parece que nuestro grupo debe, de inmediato:

a) Cohesionarse o aglutinarse en la escala más amplia posible, restableciendo el contacto entre sus dos sectores, maduro y juvenil.

b) Abrir contactos inmediatos con universitarios y obreros.

c) Constituir su directorio con elementos de ambos sectores e incluyendo miembros del grupo de Arequipa, único lugar de provincias en que mis amigos han mantenido cierta cohesión y actividad.

d) Buscar una denominación que elimine el sentido personalista que suscita el uso de mi apellido. Lo ideal sería encontrar un nombre que exprese realmente nuestra idea-madre: “Movimiento destinado a impulsar la FORMACIÓN DEMOCRÁTICA del país”.

e) Buscar personal para los comités departamentales y provinciales.

f) Encargar a una comisión de expertos la confección de un proyecto de reforma del Estatuto Electoral para presentarlo al Parlamento.

g) Establecer de inmediato canales de información con los otros grupos políticos para poder diagnosticar con precisión el estado actual de la realidad electoral y de las posibilidades de un movimiento de oposición.

h) Preparar una lista parlamentaria del grupo.

Pido a ustedes, estimados amigos, acepten esta carta como expresión de mi voluntad de colaborar en el cumplimiento del deber cívico que la nación nos demanda a todos en este momento. La forma y alcance definitivos de mi colaboración dependerán de si se me permite o no regresar al Perú y de los datos que ustedes tengan a bien enviarme -dentro del más breve lapso posible- sobre las cuestiones planteadas en esta carta.

Me suscribo muy cordialmente de ustedes, como invariable y deferente amigo,

José Luis Bustamante y Rivero.

Oiga 7/02/1994

Jose Luis Bustamante y Rivero

José Luis Bustamante y Rivero

La correspondencia

Ginebra, 19 de setiembre de 1955

Sr. don Benjamín Roca M.

Lima

Confidencial

Mí querido Benjamín:

Quiero que esta carta sea confidencial. Para usted nada más. Sólo así podré expresarle sin reservas mi pensamiento, como pienso hacerlo. Debí haberla escrito hace ya varios días; pero el temor de la censura me ha contenido. Hoy aprovecho del viaje de una persona conocida. Trataré de ser breve, porque el mensajero parte a mediodía.

He pasado algunas semanas desagradables, de tensa desorientación. Comprendo que el haber publicado mi mensaje contrariando la opinión y la advertencia de muchos de mis mejores amigos (debido a una discrepancia conceptual que para mí era, además, un ‘caso de conciencia’); tenía que crearnos cierta situación embarazosa. Pero también pensé que este episodio no podía afectar en nada nuestra estrecha vinculación espiritual, nuestro común fervor peruanista ni nuestra estimación amistosa; y que, por consiguiente, a la hora en que se tratara de defenderme —no ya en cuanto a la orientación del mensaje sino en cuanto a mi línea de gobierno o a mi conducta personal— todos ellos o, en su nombre, los más caracterizados saldrían a mi defensa.

Estoy seguro de que, en efecto, nuestra relación personal, nuestra amistad profunda no han sufrido en lo menor. Pero le confieso, Benjamín, que he echado de menos esa tan grata y consoladora sensación de compañía en los momentos amargos en que el odio político y la pequeñez humana se han cebado contra mí so pretexto de mi mensaje. Me he sentido abrumadoramente solo.

Mi mensaje ha merecido réplicas de todas clases: oficiales y partidaristas. Pero expresiones de reconocimiento de su finalidad patriótica (fíjese usted que no digo de aprobación de su contenido) no he recibido ninguna de parte de mis amigos, excepción hecha de los cables de usted y Enrique. Son elementos extraños, como ‘Caretas’, como Barboza, los que han glosado con elogio. Usted me anunció confidencialmente que se preparaba la firma de un cable de felicitación que contenía una segunda parte, alusiva a la conveniencia de mi vuelta al Perú. Yo le objeté únicamente esa segunda parte, porque me pareció que su contexto se prestaba a interpretaciones y porque me parecía mejor que, llegado el caso, fuese yo quien anunciara mi decisión de volver. Pero ningún reparo puse a la primera parte. Jamás he demandado una felicitación para mí; pero la que generosamente se me anunciaba, me pareció natural y aún necesaria para remarcar escuetamente los móviles altos que habían inspirado el documento y también para exteriorizar la cohesión de nuestro grupo. Por fas o por nefas, el cable o mensaje postal no ha llegado a hacerse. Tal vez por dificultades para recolectar firmas... A estas alturas, dos meses después del mensaje, el darle curso resultaría francamente fiambre. Consecuencia política de este episodio: sensación en el público sobre la soledad de Bustamante o sobre la debilidad temerosa de sus amigos.

Sobreviene la refutación oficial de Faura en la Cámara. Allí no se trataba ya de discutir aspectos ideológicos del mensaje. Ni de enjuiciar su oportunidad o inoportunidad política. Se trataba de no permitir que quedaran en pie cargos innobles o falsos contra mi gobierno, contra mi línea; gobierno y línea en los cuales habían sido colaboradores míos veinte o más ministros, a los cuales tocaban también los ataques del diputado odriísta. Era obvio esperar una reacción de algunos de esos ministros, de algún representante suyo, de alguien que sacara la cara en defensa del prestigio de nuestro gobierno. Pero nada: silencio.

La policía se incauta de casi toda la edición del folleto de mi mensaje. Es Bedoya, solo, quien sale al frente. Posiblemente hubo una delegación de mis amigos; pero la carta al Director de Gobierno no lo dice. Y ahí sí que se dejó escapar de las manos una oportunidad única para poner en descubierto al gobierno, para redactar un documento de altura y de tremenda repercusión política. Porque se trataba de defender la ley de imprenta (no de defender un mensaje con cuyos términos podía o no estarse de acuerdo). Mil veces se ha dado el caso en Lima que cuando un periódico enemigo o izquierdista ha sido suspendido o clausurado, o cuando se ha deportado a uno de sus directores. La Prensa y El Comercio han protestado. Yo creo que una protesta con 100 firmas, o con 50 firmas, de amigos míos connotados, denunciando simplemente el ataque a la libertad de imprenta (sin pronunciarse sobre el mensaje mismo), no sólo procedía desde el punto de vista amistoso y de solidaridad espiritual, sino que hubiera levantado roncha en el ambiente político y habría dado una tónica de vigor y de entereza, sin el menor asomo de peligro de represalias gubernamentales, porque ni Odría ni Esparza se habrían atrevido a hacer nada. Nada le hicieron a Bedoya.

Y luego viene la carta de Thorndike: villana, artera, solapada, pretendiendo desfogar por el canal de la palabra de un “simple ciudadano peruano” todo el veneno del pradismo. Silencio también. Y eso, pese que allí no sólo se combaten algunas de las ideas programáticas de mi mensaje: sino que se me ataca personalmente, se me llama protervo y demagogo, se me acusa de insultar al pueblo y se falsea a ojos vistas el sentido de muchos de los pasajes de mi documento. Yo creía que en este caso salir al frente por parte de mis amigos era un deber: porque ellos saben que soy limpio; que lo que menos tengo es ser demagogo; porque ellos podían descubrir por sí mismos el falseamiento que se hacía de mis frases y, por tanto, la calumnia de que se me hacía víctima. Además, en este caso no se corría el riesgo de chocarse con el gobierno, porque no se iba a refutar al gobierno, sino a un pobre señor a quien se ha escogido como vocero de un grupo político enemigo o quien desea ganar indulgencias de ese mismo grupo. Sin embargo, yo me equivoqué. Yo estaba equivocado al esperar esa reacción de mis amigos; y tuve que escribir por mí mismo, venciendo mi depresión, una carta de refutación a Thorndike... A propósito, le he mandado a usted esa carta por dos conductos. Es indispensable que Caretas la publique.

¿Se ha puesto usted a pensar, Benjamín, en lo que sucedería si yo sólo tuviese que hacer frente, día a día, a toda esa clase de ataques? ¿No acabaría por sentirme abrumado, y hasta materialmente inhabilitado de hacerlo por falta de tiempo? ¿Y ha pensado usted en cómo me gastaría si tuviese que publicar bajo mi firma una carta por semana para rechazar ataques o rectificar tergiversaciones? Ante esta realidad, llego a pensar que lo mejor del mundo es enmudecer: no volver a ocuparse de nada; dejar que el país siga su rumbo...

Pero no puedo conformarme con esa solución, que no es solución. La conciencia la rechaza. Y por eso quiero agregarle en esta carta sólo dos cosas más.

Me pide usted en su último memo que le diga íntima y francamente si en realidad yo deseo actuar en la política o si prefiero ya retirarme —después de haber cumplido mi deber— a gozar de la amable tranquilidad de mi hogar y mis libros. Mi respuesta es ésta: usted sabe como el que más que nunca he tenido inclinación política; que no tengo ambición política. Pero creo que admitirá usted que por obra de la realidad de la vida, por lo que he sido en mi país, por las doctrinas que he predicado, por el ascendiente moral que acaso pueda tener, yo tengo responsabilidades y deberes políticos. Sobre todo con la juventud. Y aunque me sería mucho más cómodo y estaría más en consonancia con mi temperamento (que se asquea ante la intriga y la falsedad de la política) el dar un puntapié a esta última y dedicarme egoístamente a lo mío, no haré tal y estaré siempre dispuesto a trabajar —ciertamente con sacrificio— porque el Perú sea, al fin, un país decente y organizado, si realmente me convenzo de que una intervención mía ha de ser útil y, sobre todo, ha de ser circundada en forma que ofrezca expectativas de éxito. Al hablarle así me refiero a la posible organización de un movimiento juvenil que llegue a ser con el tiempo la base de un gran partido democrático de franca tendencia social, y que en el momento actual esté decidido a intervenir en el proceso de las elecciones. Estas consideraciones me llevan a tocar un punto sobre el cual en pocos días les escribiré una carta más extensa a usted y á todos mis amigos, pero que desde ahora quiero anticiparle: hay que ampliar nuestro grupo, incorporando a él a ese elemento joven que es conocidamente adicto a mí y que con motivo de mi mensaje ha reiterado su adhesión y su entusiasmo. Desgraciadamente, en todos estos años no ha habido contacto estrecho ni constante entre mis amigos caracterizados o maduros y esos elementos jóvenes. Ese contacto, hay que buscarlo a través de una o dos personas muy nuestras que tengan conexiones con las universidades, los profesionales nuevos, ciertos sindicatos, etc. Luis Bedoya es, a mi juicio, el hombre mandado hacer para ello. ¿Se da usted cuenta ahora, Benjamín, de cuánta razón tenía yo al predicar, desde que salí del Perú, sobre la necesidad de formar los “seminarios de investigación y estudio” que mantuviera viva la llama de nuestros ideales políticos y prepararan, a la vez, un precioso acervo de datos y conocimientos sobre la realidad peruana, que ahora nos serían tan útiles? Hoy tendríamos ya prácticamente formado un partido: con elementos jóvenes preparados y con un programa económico-social en función de nuestra propia realidad nacional.

El otro punto es el relativo a mi regreso al país, de que me habla su último memorándum. De más está decirle que ese paso dependería en mucho de la solución que tenga el asunto de que trato en el párrafo anterior. Si mi presencia es necesaria para algo positivo, allí estaré. Si no hay probabilidades de una cosa seria, grande y decidida, usted comprenderá que no me es grato compartir el techo nacional con quien me echó fuera de la casa. Ustedes leerán mi carta, me informarán ampliamente en su respuesta, y con esos elementos decidiré. Por lo pronto, quiero hacerles notar a usted y los 13 buenos amigos que han conversado al respecto, que no hay que olvidar dos detalles: a) que el editorial de La Nación atribuye al mensaje de Odría un alcance mucho más amplio que el que sus palabras textuales tienen en el mensaje referido. Falta saber si La Nación da a esas palabras su verdadera interpretación o, según yo lo creo, otra mucho más amplia y acaso no aprobada por Odría, b) que mi caso no es el mismo del de los deportados corrientes a quienes se aplicó la Ley de Seguridad; porque yo he salido, no en aplicación de esa ley, sino antes de que ella existiese, por dictado personal exclusivo del caudillo militar de la revuelta y antes aún de estar constituido un gobierno de facto. Con todo, comprendo que hay razones importantes que harían aconsejable el hacer pública mi voluntad de volver al Perú, sea o no aceptada por el gobierno esa decisión mía; y por eso les agradeceré me envíen, inmediatamente que se produzcan, los datos sobre cualquiera medida que adopte el gobierno sobre otros deportados políticos, no apristas y apristas.

Perdone usted, Benjamín, que haya sido tan largo y sobre todo tan crudo. Pero no me habría quedado tranquilo callándole lo que pienso y siento. Estimo que tanto para evitar resentimientos e incomprensiones que a nada conducirían, no es conveniente extender el conocimiento de lo que aquí le digo a nuestros demás amigos; pero sí es conveniente que usted lo sepa, para que si vuelve a presentarse el caso, usted pueda orientarlos con su consejo y sus reflexiones. Espero, como le he dicho, mandarle en estos días una carta colectiva extensa. Mándeme una dirección postal segura. Mil afectos a todos los suyos y un abrazo para usted.

J. L. Bustamante.

P.D. Hoy le escribo a Bedoya para que reclame ante la Dir. de Gbno., la devolución de los folletos incautados, en vista de la afirmación que Odría hace en su mensaje de que hay completa libertad de prensa. Es un tanteo, para evitar el nuevo fiasco de otra incautación de la segunda edición proyectada. No hay que precipitarse.

Oiga 7/02/1994

UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO

UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO
ÁLVAREZ GILA Oscar, ANGULO MORALES Alberto, RAMOS MARTÍNEZ Jon Ander (dirs.). Devoción, paisanaje e identidad. Las cofradías y congregaciones de naturales en España y América (siglos XVI-XIX), Bilbao, Universidad del País Vasco (978-84-9860-962-2).

domingo, 28 de octubre de 2012



MENSAJE A LA NACIÓN
DEL PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DEL PERÚ,
DOCTOR JOSÉ LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO,
EL 29 DE FEBRERO DE 1948

Hablo a los ciudadanos del Perú y hablo también a cuantos en los países del  extranjero reciben versiones incompletas, parciales o malévolas sobre la  política peruana y necesitan, para formarse un juicio exacto, conocer la verdad  de lo que ocurre en nuestro pueblo. Frente a la inescrupulosa y ya  desembozada campaña de agitación pública y de difamación interna e  internacional iniciada desde hace algunos meses por el Partido Aprista contra el Gobierno y contra la persona del  Presidente de la República, dejaría de cumplir una obligación perentoria si autorizara con mi silencio esa culpable  desfiguración de la realidad y permitiera que tomase cuerpo el extravío de la  opinión local y continental acerca del problema político  que actualmente  confronta la nación.
Los órganos de propaganda del APRA no circunscriben su acción a la crítica  sana y a la defensa de los derechos de su partido, sino que adulteran la verdad  de los hechos, presentan magnificados ciertos problemas nacionales, estimulan  las bajas pasiones del descontento irreflexivo y el odio, incitan francamente a la  subversión y a la lucha cruenta, socavan el principio de autoridad y tienden a  crear un clima de confusión y de anarquía incompatible con la firmeza de las  instituciones.  Líderes y periódicos del Partido, en discursos y artículos,  anuncian en el país y en el extranjero la decisión de hacer correr ríos de sangre  para atajar una tiranía que no existe ni existirá; hablan de la traición del jefe de  Gobierno a los principios democráticos triunfantes en las elecciones de junio  del 45 y expresan que se forja en el Perú un régimen de dictadura y funciona  un Estado-policía que vulnera las libertades ciudadanas. Semejante campaña  mantiene en el país un estado permanente de desconcierto y de zozobra,  siembra la desconfianza dentro y fuera de la República, restringe la inversión  de los capitales agravando los complejas dificultades económicas que, al igual  que a todos los países del mundo, nos asedian en esta hora de crisis, distrae la  atención del Gobierno casi exclusivamente hacia el problema político, inhabilitándolo para encarar con la dedicación y eficacia necesarias otras cuestiones de sustancial urgencia y entraña el ya visible designio de dar en tierra con el Poder constituido.
Mi deber de mandatario y de hombre  que jamás se ha encariñado con los  halagos del poder pero que tiene claro concepto de las obligaciones y  responsabilidades que le son anexas, me obliga a hacer cuanto esté a mi  alcance para rectificar esta tremenda tergiversación y para contener, con la  verdad en la mano, esta cruzada interesada, disolvente e injusta.  Estimo,  pues, indispensable ya una exposición pública que aclare la posición  gubernativa y explique como en las actitudes del Poder Ejecutivo no ha habido  ni hay otra cosa que el deseo de mantener la línea política que anuncié al país desde el momento en que fui solicitado para presidir sus destinos.
En documento público de marzo de 1945,  contraje un compromiso con el pueblo peruano: el de ejercer la más  elevada magistratura de la nación ateniéndome a las bases que allí propuse.  Definí mi Gobierno como un periodo  de transición en que los partidos deberían moderar sus aspiraciones extremas para llegar a sagaces transacciones que encaminaran a la nación por la senda democrática con el concurso de todos los grupos; como una era en que no deberían existir exclusiones injustas para nadie; como un proceso de graduales pero firmes realizaciones de justicia social; como una expresión del esfuerzo  colectivo por el fortalecimiento de nuestra economía y de nuestra personalidad  internacional.
Con toda precisión expuse en aquella oportunidad que en caso de prosperar mi  candidatura necesitaba yo algo más que un momentáneo apoyo inicial; que  requería la seguridad de que durante mi mandato las fuerzas electoras me  prestarían los medios para desenvolver el programa y cimentar la obra que yo había esbozado.
Y así como fue inequívoco el planteamiento de mis puntos de vista fue también terminante el sometimiento a los mismos por parte de los integrantes del Frente  Democrático Nacional, entre los que se encontraba el Partido Aprista. No hubo, de este modo, un acto unilateral de mi parte ante la nación. Surgió la obligación  recíproca de los partidos y agrupaciones políticas que me llevaron al poder, de atenerse a los principios de mi plataforma electoral.
Producidas las elecciones y ante la conducta ejemplar del candidato opositor y  la serena actitud del Presidente cesante y sus partidarios, todo hacía pensar que mis propósitos podrían llevarse a cabo sin tropiezo alguno, para bien y salud de la patria.
Desgraciadamente, no ha sido así.  Consecuente con mis enunciados, ofrecí al Partido Aprista dos asientos en mi primer Gabinete, los que no fueron aceptados por estimar más adecuado a su  posición el papel de observador de la marcha del nuevo régimen. Desde los  primeros tiempos pudo advertirse en el Congreso y en la Administración, una discrepancia ostensible entre las tendencias políticas del APRA y las ideas de mi programa. Apelo para demostrarlo a los datos que nuestra reciente historia ha recogido, tanto en la vida parlamentaria como en las actitudes del Partido para con el Gobierno.  Se hizo notoria en las Cámaras la intolerancia de su lado contra los miembros del otro. Barras disciplinadas bajo consigna previa cohibieron la libertad de opinión y de actitud de las minorías. Leyes inspiradas en un criterio cerradamente partidarista o personal y en una tendencia económica más que evolutiva, revolucionaria, llevaron al Parlamento un ambiente inquietante de unilateralismo y premura.  Se puso de manifiesto una marcada tendencia aprista a cercenar los poderes del Ejecutivo, y a privarlo de funciones esenciales como la del veto, pese a que su forma de veto relativo o simple derecho de observaciones no tenía más efecto que garantizar la mayor meditación de las leyes sin afectar las prerrogativas decisorias del Parlamento.
Fue puesto de lado el derecho constitucional del Gobierno de proponer al Congreso los ascensos para las altas clases militares, otorgándose varios de éstos a iniciativa del APRA, por acto propio del Congreso,  con omisión de la propuesta gubernamental. Se censuró ministros que apenas habían tenido tiempo de hacerse cargo de sus carteras. El Presupuesto sufrió recortes y adiciones inusitados; y hubo excesos en  las atribuciones y fines de las comisiones parlamentarias de investigación.
Simultáneamente, la ciudad fue escenario de manifestaciones inequívocas del afán de imponer en la calle la hegemonía del Partido a base de intimidación o de intolerancia exclusivista.
No alcanzó resultado mi propósito de  aliviar estas tensiones mediante la incorporación a mi segundo Gabinete de  tres ministros del APRA, en la esperanza de que su contacto con los problemas del Gobierno y la visión directa de las dificultades del mando morigeraría las vehemencias del Partido y haría factible una útil colaboración.
Desde entonces acá, el fenómeno se ha ido extendiendo y agudizando. En la Administración, se multiplicó el ingreso de funcionarios y empleados de filiación aprista que llevaron a las oficinas públicas la militancia política y que cumplían dentro de ellas las órdenes del Partido. Antiguos empleados públicos fueron amenazados de expulsión si  no se inscribían en los  registros partidarios. El trámite de los asuntos administrativos llegó a ser confiado en algunos ministerios al dictamen y resolución  de los burós apristas, que incluso funcionaron en los locales ministeriales, con prescindencia y desmedro de los directores y altos funcionarios. Hombres claves del Partido fueron colocados al frente de importantes reparticiones.  Se organizaba así una especie de Poder clandestino dentro del Poder Administrativo. Se prodigó el uso de vehículos de ciertos ministerios en comisiones políticas dentro y fuera de Lima. El favor político comenzó a dispensarse en forma de facilidades y objetables privilegios; y paralelamente funcionaba el “boicot” contra quienes, dentro o fuera, no participaban del criterio del grupo. En las elecciones complementarias se comprobaron casos de funcionarios que asumieron directa intervención en los comicios, ya facilitando vehículos oficiales para la movilización de votantes, ya adoptando actitudes reñidas con la imparcialidad a que  los obligaba la naturaleza de sus cargos. Las células  funcionaban en el ramo de Correos y Telégrafos, y utilizaron clandestinamente los servicios de comunicaciones para fines políticos. El Partido propició por la primera vez en varias dependencias administrativas y fiscalizadas la formación de sindicatos subversivos y los intentos de huelgas de empleados públicos.  Los afiliados acuotaban y acuotan todavía un porcentaje de sus sueldos de empleados públicos para los gastos del Partido. En la administración  departamental y provincial, autoridades políticas apristas, con evidente deslealtad para con el Gobierno a quien representaban, actuaron en la función pública como personeros de su Partido y no como guardianas del interés general.  Los estanquillos de abastecimientos constituyeron un privilegio poco menos que exclusivo de los afiliados al APRA, quienes disfrutaron ampliamente del  crédito del Estado. Los restaurantes populares facilitaron también al crédito, con la ayuda de empleados inescrupulosos, servicios de orden político. Y otras irregularidades análogas pudieron advertirse en distintos ramos de la Administración.
Simultáneamente se acentuaron en otros aspectos de la vida del país alarmantes indicios del empeño hegemónico del Partido. Las escuelas y colegios se convirtieron en centros  de nocivas actividades políticas, con células, centros federados y comités de propaganda y disciplina apristas, que llevaban a las aulas la organización del Partido, distraían a los educandos de sus estudios, fomentaban divisiones entre ellos y envenenaban sus almas con prematuras inquietudes y prejuicios odiosos. Se atraía a los estudiantes a las manifestaciones callejeras; y se  convocaba por periódico a reuniones sectoriales extraescolares de las organizaciones juveniles. Disturbios de raíz política inquietaron varios planteles del país.
Muchos maestros apristas, por su parte, cayeron también en esta inexplicable desviación de su noble cometido, actuando cada vez con menos embozo en menesteres políticos, tomando parte en  faenas electorales, arrastrando en ocasiones a sus alumnos a manifestaciones públicas reservadas por su naturaleza a los ciudadanos en ejercicio e imponiendo su tendencia partidarista en las asociaciones magisteriales.
El Partido tomó posiciones en las directivas de los sindicatos obreros, llevando hasta ellos la lucha política y apartándolos de su genuina finalidad de defensores de los intereses gremiales.
Se fomentó, asimismo, en algunos lugares de la sierra, la agitación indígena con caracteres sediciosos.
Muchas Juntas Transitorias Municipales, políticamente conformadas desde 1945 con elementos de mayoría aprista, por obra de circunstancias del momento de todos conocidas, hicieron política unilateral y extremosa, descuidando no pocas de ellas la necesidades locales y dando a los fondos comunales dudosas inversiones que en la  actualidad son objeto de amplia investigación.
No paró en esto la labor de penetración del Partido en los diversos sectores sociales. También los Institutos Armados fueron un objetivo de sus intentos de captación; y se buscó la forma de atraerlos con leyes demagógicas y propaganda tendiente a mellar su disciplina.
Toda esta acción ha sido dirigida desde el Comité Central del Partido dentro de un régimen de rígida organización vertical en que unos pocos hombres imponen implacablemente sus directivas a  la masa de afiliados, los cuales carecen de poder deliberante y cuya obediencia se exige a base de severos controles internos y de sanciones disciplinarias que eliminan el ejercicio de la personalidad individual y el derecho de libre determinación.
Nadie podrá explicarse jamás racionalmente para qué se ha hecho todo esto, cuando por medios sensatos y pacíficos un Partido organizado, en el que mucha gente puso de buena fe sus esperanzas, podía con el consentimiento de todo el país y con el  aplauso general, hacer una  labor de provecho y de adelanto para la nación.
El análisis sereno de este cuadro lleva a dos conclusiones:
1ª Que no soy yo quien se ha apartado de la línea democrática y de prudente convivencia que tracé a la ciudadanía al asumir mi candidatura, sino que es el Partido Aprista quien ha violado esa línea pretendiendo someter el país a su férula unilateral y exclusiva.
2° Que nos hallamos en el Perú frente a un propósito no disimulado de implantación de un Partido Único de organización vertical que, pese a su propaganda local y en el exterior, dista mucho en sus procedimientos de ser verdaderamente democrático, pues tiene en su constitución interna todas las características de una dictadura y en su acción política sobre el país aspira a  una dominación integral de fuerza, basada en la disciplina de la obediencia y en la consigna. No es ésta una afirmación aventurada o injusta. Ella está comprobada con el texto de los Estatutos del Partido; y con la organización varias veces publicada de sus comandos, células, burós, comités de defensa y sectorales y brigadas de choque.
Si se pensó que llegado al poder podría yo convertirme en instrumento ciego de una determinada tendencia, hubo imperdonable error, puesto que sin lugar a dudas anuncié anteladamente que si el país me confiriese la Presidencia de la República procuraría ceñirme en el ejercicio de la  función a la norma de no aceptar consigna política ni compromiso que constriñesen la libertad de mi criterio o de mi conciencia o que pudieran resultar incompatibles con el interés general del Estado.
 ha pretendido que debería gobernar con uno u otro partido, pero se olvida que, como ya lo han dicho grandes profesores de Derecho Constitucional, es para el pueblo y con el pueblo que se debe gobernar, que la opinión pública es el alma y la conciencia de la nación, que el pueblo es una realidad, una fuerza, un movimiento, que no se deja encerrar ni limitar en los moldes de un partido, porque está por detrás y por encima de él; y que, en fin, no me corresponde la sumisión unilateral sino la obra para todos. Soy Presidente del Perú y no para un partido o para un grupo.
Frente a esta realidad, adquirí la  convicción de que mi Gobierno debía restablecer el verdadero significado del régimen iniciado en 1945 y moderar las extralimitaciones en que el Partido Aprista estaba incurriendo, así como la reacción que su actitud provocaba en otros sectores políticos. En repetidos mensajes dirigidos al país he llamado a las gentes a la cordura, sin escatimar esfuerzo por abrir sagazmente oportunidades a una saludable rectificación, aun a riesgo de dar margen a la tacha de pusilanimidad, varias veces esgrimida en mi contra. Los dos últimos gabinetes que tan esforzadamente me han secundado, han significado una advertencia serena pero firme, de que el Gobierno estaba decidido a afirmar el respeto de la autoridad, el mantenimiento del orden y la convivencia sin temor. Nunca sabrá el país cuánto desvelo, cuánto vigor y cuánta prudencia y buena fe han puesto todos y cada uno de sus miembros para alcanzar estos objetivos. Desgraciadamente, la orientación política del APRA se ha hecho de más  en más agresiva y peligrosa. En la última época, ha acentuado sus ataques contra el Gobierno en lo económico, en lo social y en lo político, con evidente apasionamiento y ya con el claro designio de desquiciarlo. Su prensa ha adoptado una posición intolerablemente subversiva, que va mucho más allá de los límites de la legítima libertad de imprenta, envenenando el alma del pueblo a propósito de nuestros problemas alimenticios  ─que no son, por cierto, sólo peruanos, sino mundiales─, sembrando rencores, incitando irresponsablemente a la asonada, amenazando con actos de sangre, manchando reputaciones y tratando por artes vedadas de restar autoridad moral a los hombres que tienen en sus manos la conducción del país. A propósito del crimen Graña, en cuya investigación el Ejecutivo no ha tenido otra mira que la de actuar firme pero austeramente para descubrir a los culpables y entregarlos a la sanción del Poder Judicial, el Partido ha hecho blanco a la Policía y al Ministerio del ramo de injustas y malévolas imputaciones; cuando la ética le señalaba una posición de apartamiento del proceso, a fin de que los jueces pudieran apreciar con absoluta libertad de espíritu los cargos resultantes contra los afiliados apristas comprendidos en el enjuiciamiento. Una huelga política y artificiosa, que debía culminar en un paro general de carácter subversivo con ramificaciones en diversos lugares de la República, puso en el caso al Gobierno de dictar un  decreto de suspensión de garantías. Frustrado así el intento, sobrevino más tarde la huelga estudiantil de Guadalupe, también movida por las células de la Juventud Aprista; y en esa nueva oportunidad la desgraciada muerte de un estudiante fue explotada en forma innoble contra el Ejecutivo, que era el primero en lamentar ese suceso, a fin de echarle encima la aversión del  alumnado. Las estaciones de radio del Partido multiplican sus ataques, en  tono ya francamente irrespetuoso y subversivo.  La conspiración, hasta hace poco cauta e informe, va cobrando caracteres concretos y graves. Los cuarteles fueron en meses atrás campo de torvas maquinaciones.  Volantes incendiarios, de probado origen aprista, circulaban entre las clases y la tropa  incitando a la rebelión y haciendo al soldado falaces promesas.  Agitadores  sociales actúan en la capital y se movilizan desde Lima a diversos centros de trabajo de la República para soliviantar a la clase obrera; y en discursos demagógicos incitan a colgar a los “reaccionarios” de los postes del alumbrado. El símbolo de la horca es paseado en las calles. Utilizando el pretexto de la actual crisis de subsistencias, corifeos locales de filiación aprista han movido en Cerro de Pasco los instintos primitivos de la masa del pueblo, que de suyo no es mala pero si influenciable, y acaban de producir en la persona del  representante de la autoridad un atentado vergonzoso y gravísimo, cuya monstruosidad no podría ser jamás justificada por ningún alegato. Este luctuoso acontecimiento y los preparativos de otras actividades de fuerza que la incitación aprista comienza a desarrollar en diversos lugares de la República y  de las cuales están suficientemente enteradas las autoridades, revelan que lo que en realidad trata de ponerse en práctica es un plan general de provocación al Gobierno, para determinar en éste represiones drásticas que pueden más tarde dar apariencia de justificación a reacciones populares violentas y al sambenito de tiránico con que se pretende desprestigiar a este régimen. El juego es burdo, pero también muy grave y peligroso; y debo por eso denunciarlo. Es preciso que quede muy claramente sentado que mientras la conducta de la ciudadanía se ciña a las normas de la ley y del respecto al orden, nada tendrá que temer de la acción gubernativa; pero que ésta perseguirá severamente toda incitación malsana al desorden o al delito y toda actitud que secunde esa política funesta.
Como natural corolario de la campaña que llevo descrita, el temor se apodera del ánimo de las gentes, la entereza moral flaquea, el libre  ejercicio de la función pública se siente coactado, la indisciplina social se acentúa, el trabajo acusa menores rendimientos, y se pone  en peligro la permanencia de las instituciones.  La gran masa de nuestro pueblo, que es sencillo, pacífico y sinceramente democrático, siente ya el cansancio de esta vida de permanente agitación, amenaza y angustia que lleva desde hace cerca de tres años, repudia la psicología y los métodos  del aprismo y se  pregunta cuándo va a normalizarse el país dentro de su cauce natural de convivencia armónica y de respeto a las libertades.  Hay, incluso, muchos militantes del APRA que íntima y honradamente discrepan de la orientación de su Partido y sienten recortada su personalidad por las normas de férrea disciplina y de sometimiento a consigna que en él imperan; pero que no se atreven a enunciar su opinión por temor a las sanciones de los comités disciplinarios.
El Estado haría mal en mostrarse indiferente ante estos ya palpables síntomas de descomposición social. Está en el deber de velar por el mantenimiento de la autoridad, las garantías y el orden. Un Gobierno legítimamente constituido no puede ni debe abandonarse a la inacción cuando ve y sabe que en una o en otra forma, por la propaganda o por la conspiración, se trabaja en un vasto plan de subversión política y social. Como depositario del mandato del pueblo, que es toda la ciudadanía y no un partido solamente, le está vedado permitir la burla de ese mandato por un acto irresponsable de detentación del poder. Por la senda en que ha entrado nuestra política, se llega a la revolución; y la revolución, aparte de los daños intrínsecos que hoy causaría al Perú y del desprestigio que acarrea en el exterior, significa un atraso de veinte años en la marcha progresiva del país.  Forzoso  es prevenir semejante mal antes que remediarlo a posteriori. Mi Gabinete saliente ha llenado a conciencia su misión de representar un nuevo esfuerzo del Gobierno por mover a la cordura a los extraviados, sin perjuicio de llamarlos severamente al orden. No ha habido nunca en los ministros dimisionarios la menor debilidad ni regateos de firmeza; y sus decisiones de orden político  han sido adoptadas con uniformidad de criterio y solidaridad en la acción. Esa fase está concluida y las circunstancias señalan la necesidad de configurar una nueva. He constituido para ello un Gabinete militar, cuyo significado deseo exponer nítidamente, por lo mismo que la propaganda  del APRA en el extranjero, desde el advenimiento del último Ministerio mixto, viene señalando la presencia en el Gobierno de miembros de los Institutos Armados como signo de una incipiente dictadura. La verdad es muy otra. Frente a la grave situación general que he descrito, en  un país sin partidos tradicionales múltiples que canalicen la opinión de la ciudadanía y dentro de mi condición de hombre que no pertenece a ningún partido y que se ha marcado una línea de Gobierno para todos, mal podría instalar en este momento un Gabinete civil con hombres de algún otro grupo político antagonista del APRA, porque ello mermaría mi libertad de acción y mi amplitud de propósitos, y porque, atenta la beligerancia política existente, la formación de  un Gabinete de grupo representaría una bandera de nueva luchas y discordias, cuando lo que reclama el país es el sofrenamiento de las pasiones y la imposición del buen sentido. Dadas las características de esta hora, requiérese un Gobierno cuyos hombres estén al margen y por encima del turbión político, cuyas tradiciones del honor eliminen la amenaza de toda represión menguada e injusta, cuya escuela de energía asegure la imposición del orden público y cuyo deber institucional les haga ver en la defensa de la permanencia y grandeza de la patria la norma suprema de sus acciones. Todos estos atributos corresponden precisamente a las Fuerzas Armadas, y en este sentido, pienso que nuestro país puede legítimamente enorgullecerse en la presente oportunidad de la forma como vienen al Gobierno los elementos representativos de esas Fuerzas. Vienen, no por torcidos caminos, sino a requerimiento del jefe del Estado para compartir con él una de las responsabilidades típicas de su instituto: la tutela de las garantías sociales, del respeto al principio de autoridad y  de las instituciones esenciales del Estado, vale decir, la preservación y  defensa de la democracia en el Perú.
Nada más ajeno, por consiguiente, al espíritu del Gabinete iniciado ayer que un propósito de dictadura totalitaria. Su misión es más bien restablecer, con la entereza que las circunstancia demanden, las condiciones de convivencia libre, pero honesta y respetuosa, de la persona y la opinión ajenas que caracterizan al régimen democrático. Es un error identificar la acción militar con la fuerza bruta y deducir de allí que un Gobierno en que intervienen militares será un Gobierno de drasticismo y de violencia. El Ejército es una fuerza racionalizada y consciente, que no procede bajo el acicate de impulsos primitivos o ciegos, sino por el contrario, bajo la influencia de la meditación  y del planeamiento sereno. Nadie ha tildado de antidemócrata al Gobierno de los Estados Unidos por la designación del general Marshall  para la Secretaría de Estado; y el general Mac Arthur realiza con unánime aplauso la democratización del Japón.
Precisa no confundir la fuerza bruta con la firmeza. Firmes son, eso sí, los Institutos Armados para cortar el abuso, castigar el crimen y prevenir la anarquía; y, en este sentido, depende exclusivamente de los instigadores políticos no insistir en actitudes desorbitadas que demanden una inflexible y justa represión. Nada de esto va a en contra de la democracia, vocablo del cual viene abusándose a menudo para engañar incautos.  La verdadera democracia no está en las formas o en los trajes,  sino en el espíritu; y al espíritu democrático le son connaturales la obediencia a la ley, la igualdad de oportunidades, la libertad limitada por el respeto a los demás, la ausencia de coacción, el acatamiento de la autoridad y la proscripción del desorden.
Otro importante significado tiene la instauración del nuevo Gabinete. El Ejército es, por su índole misma, una institución nacionalista, como nacionalistas y peruanas fueron las bases en que apoyé mi plataforma electoral. Nada más extraño, pues, a la historia y a la realidad de los  Institutos Armados que cualquier contubernio con tendencias internacionalizantes en cuyo solo enunciado se contiene una negación de la patria. Mal podrá, pues, prosperar la calumniosa imputación que últimamente se ha hecho a mi Gobierno de albergar inconfesables simpatías hacia el comunismo internacional. En más de una ocasión he declarado ya enfáticamente que el Ejecutivo está alerta contra esta clase de infiltraciones foráneas que, según frase reciente de un destacado publicista, atentan contra la personalidad del Estado y mellan su soberanía. Lo que ocurre es, sencillamente, que nos  hallamos en presencia de un nuevo recurso político del APRA para, a base de su campaña anticomunista, ganarse la simpatía continental y difundir recelos contra el Gobierno cuya subsistencia estorba sus planes. Por fortuna, la sensatez de los países extranjeros habrá de permitirles, mediante sus propios medios, formarse un concepto exacto de la verdad.
Se ha pretendido sacar partido, para divulgar aquella falsa especie, de la actitud del Gobierno al impedir que se  constituya en Lima la sede de la Confederación Interamericana de Trabajadores surgida del Congreso Obrero celebrado hace poco en esta capital con fines anticomunistas. La medida dictada por el Gobierno no obedeció a razones  de ideología, sino de decoro y de tranquilidad nacionales.  La reunión de ese Congreso, que en principio no habría merecido reparo alguno de nuestra parte, fue vista con desconfianza en cuanto a la designación del lugar de su realización, porque, pese a enfáticas declaraciones sobre su carácter apolítico, conocía el Gobierno que, empeñado el Partido Aprista en su organización directiva, habría de utilizar la circunstancia para explotarla políticamente a favor de  sus fines. La presunción no resultó infundada, y líderes extranjeros vinculados al APRA  se permitieron inferir al Gobierno del país de que eran huéspedes groseros agravios en sus discursos.
Y así como la designación de Lima como punto de reunión del Congreso no fue siquiera comunicada por cortesía a las autoridades peruanas, tampoco lo fue el propósito de elección de la ciudad  como sede permanente de la nueva Confederación. El bochornoso ejemplo de lo ocurrido con el Congreso impedía al Gobierno autorizar que en ocasiones ulteriores, so pretexto del funcionamiento de los Comités de la Confederación, bajo la inspiración de un partido político atrincherado detrás de los sindicatos, volviera a vulnerarse en nuestra propia tierra el decoro nacional, aprovecharse a mansalva del reducto de una institución continental respetable e intangible, para maniobras de política interna.
La intervención de las Fuerzas Armadas en el Gabinete despejará, finalmente, la tercera y última acusación que el desenfreno de la prensa aprista está arrojando contra el Gobierno para incitar a los lectores incautos de su público al descontento y la protesta. Me refiero a la imputada colusión del Ejecutivo con los elementos llamados “reaccionarios” de la derecha para favorecer los grandes intereses de éstos en forma de hacer “más rico al rico y más pobre al pobre”; esto es, menospreciando los  derechos fundamentales del pueblo y defraudando las promesas de justicia social hecha por el régimen que presido.
Nada es menos exacto; y si hay quienes sienten en carne propia las angustias de nuestras clases necesitadas y quienes alientan el deseo obsesionante de remediarlas al máximum de los  posible,  nos contamos entre ellos yo y los hombres que me han acompañado en el Gobierno. Lo que desgraciadamente callan y ocultan los detractores es que pocas veces ha atravesado el Perú una época más difícil económica y fiscalmente hablando; que hasta la naturaleza nos ha dado sorpresas duras que han reducido las fuentes de subsistencias; que en muchos lugares los municipios apristas han saboteado la buena distribución y el control de precios de  los artículos alimenticios; y que la preocupación política ha retrasado lastimosamente y sin culpa del Gobierno la obra constructiva y social de este régimen y ha desmedrado los rendimientos de la producción y del trabajo. Por lo que hace al favor que se dice dispensado a las derechas representativas del capital, puedo asegurar que jamás los actos administrativos de mi Gobierno se han  inspirado en ese criterio, sino en el propósito de discernir justicia escueta previo estudio de cada asunto, acogiendo unas veces y rechazando otras las demandas que le han sido sometidas, sea en el ramo de Hacienda,  sea en el de Agricultura o en el de Trabajo. De esta posición independiente del  Gobierno hay una prueba irrefutable: la reiterada y ruda campaña que tanto en materias políticas como económicas y de otros órdenes ha soportado y soporta el Ejecutivo de parte de los sectores apellidados “de la reacción”. El Gobierno, fiel a su línea, seguirá a pesar de todo manteniendo su imparcialidad de juicio y su esperanza de que al fin y al cabo la comprensión se abrirá paso y, sin perjuicio de hacerle la crítica de sus posibles errores, se le prestará una sincera colaboración, para, de acuerdo con los imperativos  de la época, afirmar el proceso evolutivo de la justicia social y levantar el nivel moral y material de nuestros pueblos.
He hablado en este Mensaje cumpliendo un imperativo de conciencia, sin dar asidero en mi espíritu a pasiones subalternas ni a prejuicios ligeros, lleno de convicción sobre la verdad de lo que he dicho y presa de la amargura de tener que poner de manifiesto, en fuerza de la  gravedad de la situación, muchas cosas que por un sentimiento de recato nacional hubiera sido preferible guardar dentro de la propia casa. Mi exposición demostrará que nos hallamos en un momento de muy aguda emergencia para la nacionalidad, y que el peligro sólo puede evitarse mediante una movilización general de todas las fuerzas sanas del país, en fervorosa convergencia hacia el restablecimiento de los principios fundamentales en que reposa  la vida de la República. Necesitamos hoy más que nunca la unión de todos los peruanos de buena fe para conservarle a la nación su genuina y profunda raigambre democrática. Es indispensable para ello que todos los elementos de orden se agrupen, olvidando rencillas y pasiones, para trabajar juntos al servicio de la patria. Una decisión en este sentido requiere, indudablemente, mucho desprendimiento, mucho amor a la propia tierra y mucha fe en el porvenir; pero nuestro pueblo es bueno y estoy seguro de que la gran mayoría de los peruanos no sólo está dispuesta, sino que ansía, emprender esta obra de restauración nacional.

Por mi parte, formulo con este fin  un llamamiento a toda la gente bien intencionada del país,  tanto a los que lealmente han trabajado conmigo y confiado en las directivas de mi Gobierno, como a los que por una u otra causa me han combatido. Confío también en que muchos ciudadanos afiliados de buena fe al Partido Aprista, mediten el problema que éste ha planteado al país y vayan a una honesta y radical rectificación. Y reitero, por último, la decisión de mi Gobierno de defender, por encima  del juego de la pasión política, los principios del orden público y de la estabilidad constitucional.

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